La Edad Dorada del cine, aquélla a la que los cinéfilos atribuimos todo el glamour y la fascinación posibles, fue a la vez un período en el que una serie de establecimientos visitados con frecuencia por las estrellas del momento, florecieron y brillaron hasta formar parte también de este universo de nostalgia al que solemos recurrir con sumo placer. Mencionados en multitud de films, estos locales se convirtieron en innegables protagonistas. Por sus mesas desfilaron los actores, actrices o directores más cotizados, por la prensa y por el público, del momento.
Situémonos ahora en Nueva York, en pleno corazón de Manhattan, porque allí encontraremos algunos de los mejores locales de cine.
Uno de estos míticos establecimientos, por derecho propio, es el Stork Club. Sofisticado, cosmopolita y dirigido por el carismático Sherman Billingsley*, este local nocturno se convirtió en el centro ineludible de la atención mediática en Nueva York, aunque el origen de su nombre sigue siendo todavía un misterio. La Jet Set más espléndida frecuentó el club, en los años 30, 40 y 50. Si realmente se deseaba figurar en esos tiempos, no había lugar mejor para tal cometido. Es del todo imposible encontrar, hoy en día, un local equiparable al Stork Club. Ninguno en el que cada noche sea posible avistar, con seguridad, entre cinco o diez famosos o con unas listas de espera internacionales, plagadas de nombres de un brillo tal que compita con la multitud de flashes que los rodean. Abróchense los cinturones, va a ser una noche movidita…